- Te dejo el dato
- Posts
- De “yo no necesito decirlo” a “te amo, hija”: Cómo cambió el amor de los padres a lo largo de las generaciones
De “yo no necesito decirlo” a “te amo, hija”: Cómo cambió el amor de los padres a lo largo de las generaciones
Durante décadas, millones de niños crecieron sin escuchar un “te quiero” de su papá. Hoy, la ciencia y las nuevas masculinidades nos muestran que expresar el amor no es debilidad: es crianza poderosa. ¿Qué cambió entre nuestros abuelos y los padres millennials? Los datos lo explican.

Cuando el amor era silencioso
Imagina esta escena: un niño se cae en el patio, se raspa la rodilla y corre a buscar consuelo. Su madre lo abraza, le sopla la herida. El padre lo observa desde la mesa y le dice sin levantarse: “No fue nada. Levántate como hombre.”
No hay abrazo. No hay “te quiero”. Hay presencia, pero sin palabras.
Durante décadas, este tipo de paternidad fue la norma. Los padres amaban, pero no lo decían. Su cariño se asumía: estaba en el techo sobre la cabeza, en el plato servido, en el uniforme pagado. El afecto se traducía en “proveer”, no en acariciar, besar o decir “te amo”.
Este silencio no era casual. La cultura dominante lo moldeó. El psicólogo John B. Watson —uno de los referentes de la época— llegó a advertir a los padres en 1928:
“Nunca abraces y beses a tus hijos, nunca los dejes sentarse en tu regazo. Si debes, bésalos una vez en la frente cuando se acuesten.”
Así crecieron muchos de nuestros abuelos. Y, en parte, también nuestros padres.
La Generación Silenciosa (1928–1945) fue, como su nombre lo indica, criada para no hablar demasiado de lo emocional. En su adultez, y ya como padres, replicaron esa forma de vincularse. Un estudio intergeneracional en familias de América Latina reveló que esta generación fue la menos afectuosa y la más punitiva de las tres que se compararon. No es que no amaran: simplemente no se les enseñó a demostrarlo.
En aquellos tiempos, frases como “los hombres no lloran” o “el cariño los vuelve débiles” formaban parte del manual no escrito de crianza. El amor se vivía, pero no se decía.
Hoy, las consecuencias de esa crianza silenciosa están más claras: adultos que batallan para reconocer y comunicar sus emociones, hijos que crecieron sin la certeza de ser amados, y patrones que —a menos que se cuestionen— tienden a repetirse.
Pero algo está cambiando.
Las generaciones del afecto: cómo cambiaron los padres
A lo largo del siglo XX y XXI, la figura del padre pasó por una transformación silenciosa pero profunda. Cambiaron los contextos, cambiaron las ideas… y, poco a poco, también cambió la forma de amar.
Generación Silenciosa (1928–1945)
La paternidad se entendía como provisión, autoridad y distancia emocional. La cultura promovía la idea de que el amor no se decía, se demostraba con hechos.
Los padres rara vez expresaban afecto con palabras o abrazos. Una frase como “te quiero” era considerada innecesaria, incluso inapropiada. El resultado: niños que crecían con respeto y obediencia, pero sin confirmación explícita del amor paterno.
Baby Boomers (1946–1964)
Crecieron con padres poco expresivos, y al formar sus propias familias, muchos intentaron hacerlo distinto… pero sin saber del todo cómo.
Los Baby Boomers dieron un paso hacia una paternidad más cercana, pero aún cargaban con los rezagos de una masculinidad que no permitía vulnerabilidad.
Comenzaron a abrazar más, a decir te quiero en ocasiones, pero el afecto seguía siendo, en muchos casos, un acto reservado.
Una oyente de radio lo resumió así al recordar a su padre en sus últimos años:
“De repente había abrazos y besos. Pero no recuerdo haberlos recibido de niña.”
Generación X (1965–1980)
Con mayor acceso a la psicología y a nuevas teorías de apego, los padres Gen X fueron los primeros en hablar del amor sin tanto miedo.
Muchos de ellos crecieron como “niños con llave” (latchkey kids), con padres ausentes o distantes, y quisieron hacerlo diferente.
Los estudios muestran que esta generación usó más contacto físico y expresó más verbalmente su cariño que las anteriores, aunque aún dentro de un equilibrio con la disciplina y la independencia.
Millennials (1981–1996)
Y entonces llegaron ellos. La generación que cambió pañales, cocinó papillas y dijo “te amo” como acto cotidiano.
La generación que entendió que ser padre no es sólo estar presente físicamente, sino también emocionalmente.
En una encuesta realizada por Zero to Three, el 54% de los papás dijeron “te amo” a sus hijos más veces de lo que sus propios padres se lo dijeron a ellos.
Esta cifra no es sólo una estadística: es un quiebre generacional. Es la expresión concreta de una paternidad que ya no se calla.
Hoy, vemos a padres que abrazan, que lloran, que se sientan en el suelo a jugar, que dicen sin reservas: “hija, te amo con todo mi corazón.”
No es una moda. Es evolución.
El cerebro, el apego y la ciencia detrás del “te amo”

Decir “te amo” no es solo un acto bonito. Es un acto biológico, psicológico y profundamente transformador.
Las palabras de amor —cuando son auténticas y repetidas— tienen el poder de modificar literalmente el cerebro de un niño.
La neurociencia afectiva ha demostrado que los vínculos emocionales fuertes en la infancia estimulan la liberación de oxitocina, una hormona asociada con el bienestar, la conexión y la seguridad. Esta sustancia, muchas veces llamada “la hormona del amor”, se activa con los abrazos, con el contacto físico… pero también con las palabras.
Sí, decir “te amo” también construye apego seguro.
Estudios en desarrollo infantil, como los del Dr. Allan Schore y la Dra. Susan Johnson, han revelado que los niños que reciben afecto verbal y físico constante desarrollan mejores habilidades para regular sus emociones, tolerar la frustración y establecer vínculos saludables más adelante.
En cambio, cuando el afecto se da por hecho, pero no se expresa, el cerebro infantil puede interpretar silencio como ausencia.
Y eso deja huellas.
Por eso, un padre que dice “tú eres importante para mí”, o “estoy orgulloso de ti”, no solo está teniendo un momento emotivo: está estructurando la arquitectura emocional de su hijo.
Un meta-análisis publicado en The Journal of Family Psychology revisó más de 30 estudios y concluyó que los niños que experimentaban calidez y afecto por parte de sus padres mostraban niveles más bajos de ansiedad y depresión en la adultez.
Porque el amor expresado —en palabras, en gestos, en miradas— no malcría.
El amor no daña.
El amor protege.
Y la buena noticia es que nunca es tarde para empezar a decirlo.
Papás que rompen patrones: cuando el amor se dice
“No recuerdo que mi papá me abrazara, pero yo no dejo que mi hija se acueste sin decirle que la amo.”
Esa frase, que podría ser de cualquier papá millennial o Gen X, encierra toda una revolución emocional.
Cada vez más padres están tomando consciencia de que la crianza que recibieron —basada en la distancia emocional y en la idea de que “los hombres no lloran”— no tiene por qué repetirse.
El cambio es personal, pero también colectivo. En redes sociales, en libros, en talleres, en conversaciones íntimas, los hombres están hablando de sus heridas de infancia y de su deseo de criar diferente. Padres que fueron educados para reprimir, hoy están eligiendo conectar.
Como el caso de Raúl, un padre de 38 años, que cuenta:
“Mi papá nunca me dijo que me amaba, y yo crecí dudando si era suficiente. Ahora, cada vez que mi hija se va a dormir, le digo que es lo mejor que me ha pasado. A veces me tiemblan los labios, pero no me guardo nada.”
Ese temblor es la señal de que se está rompiendo el silencio de generaciones.
Y con cada abrazo dado, con cada “te quiero” dicho en voz alta, se construye una nueva forma de paternidad: más humana, más consciente, más amorosa.
Lo que tus hijos recordarán de ti
Cuando tus hijos crezcan, no van a recordar cuántas horas pasaste en el trabajo.
No van a hablar del auto que conducías, ni de si la comida estaba perfecta cada noche.
Van a recordar si los mirabas cuando hablaban.
Si los abrazaste cuando lloraron.
Si les dijiste: “Estoy orgulloso de ti. Te amo.”
Van a recordar si se sintieron amados.
Y eso —según la ciencia y el sentido común— es lo que más importa.
Porque el amor verbal y físico no es un detalle: es un cimiento. Construye seguridad emocional, resiliencia y autoestima. Y también es una herencia: lo que decimos hoy, será la voz interior de nuestros hijos mañana.
Dato para reflexionar y compartir
El 54% de los papás actuales dicen “te amo” a sus hijos más veces de lo que sus propios padres se lo dijeron a ellos.
Si alguna vez has sentido dudas en la crianza o quieres herramientas reales para acompañar a tu hijo desde el respeto, este curso es una inversión invaluable.
📢 ¿Quieres más info? Aquí te dejamos el enlace para que lo explores:
La crianza es un viaje lleno de aprendizajes, desafíos y momentos que nos ponen a prueba. No hay una única forma de hacerlo bien, pero sí existen herramientas que pueden hacernos el camino más claro y llevadero.
Nosotros tomamos este curso porque queríamos criar con más confianza y menos culpa, y hoy podemos decir que fue una de las mejores decisiones que hicimos como padres. No solo nos ha ayudado a comprender mejor a nuestra hija, sino que también ha transformado la forma en que nos relacionamos con ella.
💡 Ahora queremos saber de ti:
📌 ¿Cuál ha sido tu mayor desafío en la crianza?
📌 ¿Qué estrategias te han funcionado para conectar mejor con tu hijo?
📌 ¿Has pensado en formarte más en crianza respetuosa?
Déjanos tu comentario o respóndenos en nuestras redes, ¡queremos leerte! Y si crees que este curso también puede ayudarte, aquí te dejamos el enlace para que lo descubras:
📢 Más información sobre el curso aquí 👉 Quiero Saber del Curso
Gracias por acompañarnos en este espacio de aprendizaje y reflexión. Juntos estamos construyendo una crianza más consciente, amorosa y respetuosa. 💙
Reply